Jujuy: el pueblo movilizado contra Bolsonaro Morales

Como si se tratara de una reedición del histórico Éxodo, pero al revés, las organizaciones populares jujeñas hoy se volcaron a las calles de la “Tacita de Plata” para repudiar la violencia del Carcelero Morales.

Ayer, las imágenes provenientes de Campo Verde rememoraron a las que Serguei Eisenstein filmara para que nadie olvidase jamás las cargas salvajes de los cosacos contra los trabajadores rusos. Brutales, estos otros jinetes, los policiales jujeños, pertrechados como si enfrente tuvieran a la caballería de los godos que Belgrano supo derrotar en Tucumán y Salta, se lanzaron contra mujeres, niñas y pibes indefensos que, en su desesperación por huir, tropezaban, caían y quedaban a merced de las patas de los caballos lanzados al galope. Hoy, en cambio, las sólidas columnas de las organizaciones sindicales y sociales que marcharon por el centro de San Salvador, pusieron de relieve que el sordo clamor que durante los últimos años Gerardo Morales ha intentado acallar con cárcel y palos, se ha convertido en una creciente condena popular.

Es evidente, salvo, claro está, para los grandes medios cómplices, que una porción cada más creciente de la sociedad jujeña recupera su identidad indómita y, al hacerlo, supera el estado de terror paralizante con el que Morales quiso domesticarla. El propio Carcelero se enredó en su estrategia de dominación cuando la semana pasada, mientras la comunidad de Campo Verde lo increpaba por su decisión autoritaria de liquidar la “canchita”, no tuvo mejor idea que culpar -¡cuándo no!- a Milagro Sala por la rechifla que le prodigaba la gente. Para él, esa kolla terca, dura y aguerrida no es sino la reencarnación de Satán con polleras; es la causante de todos los supuestos males que, vistos desde el lado del pueblo, apenas si han sido conquistas memorables tras décadas y décadas de explotación, opresión y olvido de los poderes del Estado.

Morales encarna, junto con Patricia Bullrich y otros paladines de la mano dura, la derecha más brutal y necia que existe en la Argentina. Hay que reconocerles, sin embargo, que al menos tienen la capacidad para entrever que el modelo de dominación que propugnan se da de jeta contra la democracia. Por eso se anticipan, porque saben que el bloque de poder al que representan, si volviera a controlar los resortes del aparato estatal, no tendría otra opción que reprimir a medio mundo para que las cosas funcionaran como a ellos les conviene.

En ese sentido, Jujuy ha sido, desde el inicio de la gobernación del Carcelero, un laboratorio de ensayos para este bolsonarismo criollo. ¿Qué racionalidad pudo haber en la destrucción de las obras comunitarias que lideró Milagro? ¿A qué plan o estrategia atribuir la decisión de Morales de ni siquiera reciclar esas obras para ponerles su impronta política y obtener un rédito con ello? La respuesta es una sola: el escarmiento; la estrategia ha sido, desde el primer minuto, el escarmiento, la tierra arrasada y que no quedara ladrillo sobre ladrillo de nada. Lo de Campo Verde es eso, otra vez el escarmiento. El Carcelero no podía permitir que esa comunidad, que se originó en un asentamiento popular y fue creciendo en base a la autogestión, le impusiera a él, al Bolsonaro jujeño, la decisión de conservar la canchita como espacio recreativo y decidir que la futura escuela fuese construida tan sólo a cinco cuadras de allí. Imposible. Palo y a la bolsa.

Al igual que con la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, los grandes medios de comunicación blindan -todo lo que pueden- a una y otra expresión de la inhumanidad neoliberal. Porque, convengamos algo aquí, así como el Carcelero no trepida en reprimir toda y cualquier forma de organización y resistencia popular en Jujuy, así también el repentino viajero Larreta deja bajo el sol a ancianas y ancianos octogenarios y, de yapa, les echa la culpa de las demoras en la vacunación a las personas que los acompañaban. ¡Cómo si no fuera previsible que esas abuelas y abuelos, de más de ochenta años, necesitasen de compañía para trasladarse! Por eso, simple y dramáticamente, Jujuy y la Ciudad de Buenos Aires son la cara y ceca de la misma moneda, aunque haya quienes, todavía, especulan con la fantasía de que un gobernador es más duro que el otro.

Con dificultad, tanto en el Norte como en la Ciudad Autónoma, los diversos sectores populares que padecen a estos “dos modelos” de gestión, van encontrando caminos de recuperación, de autoestima y de confianza en sus propias fuerzas. El neoliberalismo y su paulatina bolsonorización nos están reclamando una orientación concreta que, desde el campo popular, profundice la agenda democrática, jerarquice el protagonismo ciudadano y constituya una organicidad que abarque todos los planos de la acción política y no algunos en detrimento de otros.-

(*) Secretario de Comunicación de la CTA