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Fuente: tiempo.infonews.com

Homenaje a Rodolfo Ortega Peña

Jueves 31 de julio de 2014, por Marcelo Duhalde (*)

A 40 años de su asesinato. Rodolfo Ortega Peña, un intelectual comprometido con su pueblo.
"El Pelado" -Al asumir como diputado nacional, puso su banca al servicio de los trabajadores y participó de los conflictos sociales y gremiales en todo el país.

Rodolfo David Ortega Peña nació el 12 de septiembre de 1935 en un hogar de clase media acomodada ligado a los intereses económicos de la burguesía y cercano a las familias patricias. Desde muy joven fue brillante y un estudiante destacado. En su etapa universitaria en la UBA, a los 20 años ya a punto de recibirse de abogado, sus exámenes eran considerados magistrales. Contaba mi hermano Eduardo Luis que lo conoció al entrar en la facultad, debido a que los propios alumnos concurrían a presenciar sus presentaciones. Lúcidas exposiciones lo llevaban muchas veces a polemizar con los profesores aun en el momento de ser calificado. Tenía asegurado un futuro promisorio como abogado y dirigente de la clase dominante, a la que pertenecía.

El momento de ruptura con su destino de clase se dió con la caída de Perón en 1955. El festejo de los bien pensantes le produjo un shock tan fuerte como el brutal contraste de la desolación del pueblo. Unos semblantes dibujaban el sufrimiento, la tristeza y el llanto, eran los humildes, los rostros de los trabajadores que reflejaban el dolor por la pérdida de su líder y del gobierno que los había dignificado otorgándoles por primera vez derechos y posibilidades. Los otros festejaban. No podía entender que celebraran los bombardeos en Plaza de Mayo con los cientos de muertes ocasionadas, ni la caída de Perón. Fue un choque brutal e inevitable, se encontró con las dos argentinas en pugna.

A partir de esto, comenzó a tomar distancia definitiva con sus orígenes. El asalto al poder de los enemigos del pueblo y su siniestro festín de revancha, donde la fina gente de la Recoleta, vestida con sus pieles y alhajas celebraba el derrocamiento del "Tirano", fue un disparador de algo que ya venía madurándose en él hacía un tiempo. A partir de ese momento tuvo un cambio profundo y rompió absolutamente con los mandatos familiares comenzando el recorrido que lo llevó al más alto nivel de compromiso con su pueblo, entregando conscientemente su vida.

Ortega Peña es considerado un intelectual peronista de grandes aportes para el análisis y la interpretación de la historia argentina. Sus 14 libros publicados en colaboración con Eduardo Luis Duhalde, más los cientos de artículos en diarios y revistas especializadas, sus conocidas polémicas con los más encumbrados pensadores, demuestran su contribución, trayectoria y legado, a pesar de no ser aún reconocido como debería serlo. Lo que lo emparenta con grandes hombres de la historia que con sus trabajos fueron reivindicados como es el caso de Felipe Varela, entre otros.

Para muchos, era la expresión cabal de lo que Gramsci definió como el intelectual orgánico, pero creo que hay algo más en él. La militancia sostenida a lo largo de su vida con una práctica permanente de participación en la acción cotidiana demuestra que el "Pelado" fue un militante de brillante y permanente producción intelectual. Comenzaron en los ’60 con sus primeras publicaciones de revisionismo histórico, recuperando caudillos y hechos negados absolutamente en la versión oficial, siempre adaptada a los intereses económicos y políticos de la oligarquía dominante. Mientras producían esos libros, militaban en la resistencia peronista como abogados de la CGT y su participación fue importante en el diseño y aplicación del Plan de Gremios en lucha lanzado por la central obrera.

Esa actividad y defensa de los presos políticos durante las dictaduras de Onganía y Lanusse no lo privó de continuar produciendo profundos análisis e interpretaciones de la realidad en la que vivíamos, que motivaron, entusiasmaron, y fueron disparadores para una generación dispuesta a participar de la lucha por un país mejor.

Abogado, periodista, historiador revisionista, escritor, defensor de presos políticos y sociales, diputado nacional, avanzado estudiante de la carrera de Filosofía y Letras, además de haber cursado numerosas materias de Ciencias Económicas, hablaba o leía en cinco idiomas, pero era esencialmente un militante.

Al asumir como diputado nacional, puso su banca al servicio de los trabajadores y participó de los conflictos sociales y gremiales a lo largo y ancho del país. En el recinto y en la calle dio memorables debates, convirtiéndose en un fiscal implacable e insoportable para el sistema. Comprobación de esto es que la siniestra Triple A, comandada por José López Rega, lo eligió para que fuera el primer asesinato reconocido oficialmente por esa organización paraestatal, hoy condenada por la justicia de nuestro país.

A partir de la renuncia de Héctor Cámpora a la presidencia de la Nación, su profunda convicción política e ideológica lo llevó a mantener un duro enfrentamiento con el gobierno. Desde su banca en la Cámara de Diputados, como genuino representante de los intereses del pueblo que lo había votado; incansable señalando todos y cada uno de los desvíos que se producían, y sobre todo fue una caja de resonancia para los reclamos sociales y gremiales y que, como es habitual, los medios no los reflejan debido a sus propios intereses. Los trabajadores de Bagley, Insud, Colgate, Panam y de cientos de conflictos laborales lo tuvieron participando en sus asambleas, y convirtiendo esos reclamos en presentaciones y pedidos de informes en la Cámara. En muchos casos, fue la única contención y difusión de esas luchas.

La decisión de profundizar el sometimiento del pueblo argentino con una política económica que lo condene a la miseria y a la exclusión ya estaba tomada. Muchas de esas empresas y sindicatos que él enfrentó, posteriormente elaboraron las listas de los trabajadores que debían ser eliminados para poder llevar adelante sus espurios intereses. En este contexto, la presencia de Rodolfo Ortega Peña era un hostigamiento permanente para el sistema, que necesitaba silenciar y disciplinar a la sociedad, su presencia alentaba la protesta y la movilización social. Era lógico suponer que los dueños del poder no le permitirían continuar siendo la oposición más firme y decidida en nombre del peronismo revolucionario, desde su banca o la revista Militancia.

Es bueno volver a sus textos para comprobar cómo identificó y denunció el papel de los medios de comunicación en una situación de permanente sometimiento como la que ha padecido y padece nuestro país. Entre sus trabajos encontramos numerosos análisis y advertencias que hoy son indispensables para interpretar lo que vivimos en el presente como rehenes de los medios del sistema.

CONSCIENTE DEL RIESGO. Sistemáticamente rechazó cualquier tipo de custodia, y terminaba las discusiones sobre su seguridad diciendo que la única forma de hacer su actividad en defensa de los más humildes, de los más necesitados, era de la manera en que él lo hacía. Terminaba tajantemente el diálogo diciendo que: "En definitiva la muerte no duele, muchachos. Lo que duele es la defección, el abandono, el hacer sentir a la gente que uno la ha traicionado."

No obstante, intentábamos diariamente convencerlo de que debía cuidarse, que había llegado a un nivel de enfrentamiento en el que no había retroceso y la respuesta de los poderosos asesinos sería inminente. No lo negaba y era consciente del riesgo que corría su vida.

La última vez que estuve con él fue la madrugada anterior a su asesinato. Luego de una numerosa reunión en el Sindicato de Empleados de Farmacias, realizada para preparar el homenaje a los compañeros fusilados en la Masacre de Trelew, fuimos a un bar a pocas cuadras. Aproximadamente a las dos de la mañana del 31 de julio de 1974, mis hermanos Eduardo Luis y Carlos María, Haroldo Logiurato y yo intentábamos nuevamente convencerlo para que se dejara cuidar, las amenazas llegaban cada vez más fuertes. Los seguimientos y controles eran muy notorios y evidentes. La discusión terminó de mala manera, diciéndonos lo que ya sabíamos.
Alrededor de las ocho de la noche de ese mismo día sonó el teléfono en el despacho de Rodolfo de la Cámara de Diputados. Era un supuesto periodista para saber si se quedaría más tiempo porque quería hacerle unas preguntas. El desconocido no llegó. Luego comprobamos que el llamado era para confirmar que no había salido porque lo estaban esperando en la calle.

Rodolfo salió caminando con su compañera por Callao, desde Rivadavia hasta Santa Fe; varias personas se les acercaron para darle apoyo. Doblaron media cuadra hacia Riobamba hasta la pizzería King George, comieron y aproximadamente a las diez y cuarto subieron a un taxi libre que estaba parado en la puerta. Cuando le dio la dirección a donde se dirigían, el chofer la repitió notoriamente en voz alta: "Carlos Pellegrini y Juncal." Pocas cuadras más adelante, el "Pelado" le pidió que apagara la luz interior del coche que el conductor había dejado encendida adrede. Estos y otros datos conocidos con posterioridad confirmaron la participación del taxista, colaborador de la Policía, y que no era casual su rol en el operativo para asesinar al Diputado del Pueblo.

Unos 100 metros antes del destino, el taxi dobló y otro vehículo que venía detrás, un Ford Fairlane verde, sin que ellos lo notaran, se atravesó en la calle e impidió que los otros automóviles que venían detrás pudieran avanzar por Carlos Pellegrini. Al cruzar Juncal, el taxista se detuvo para que bajaran el diputado y su compañera. Un tercer auto que venía casi a la par se le adelanto y paró bruscamente, bajó de él un hombre con una media de mujer en la cabeza y ametralladora en mano con la que hizo más 23 disparos, de los cuales 8 impactaron en la cabeza de la víctima.

Esto comprobaba, tal como sospechábamos, que estaban al tanto, por micrófonos instalados por los Servicios, de las conversaciones mantenidas en su despacho, en las que intentábamos convencerlo para que usara el chaleco antibalas que había ofrecido el compañero Ricardo Beltrán.

Meses después, el subcomisario de la Policía Federal, Rodolfo Almirón, huido junto a López Rega, frecuentaba un local nocturno de moda en Madrid, el Drugstore, de la calle Fuencarral a pocos metros de la Glorieta de Bilbao, donde se ufanaba, ante quien lo quisiera escuchar, de haber sido el ejecutor del asesinato de Ortega Peña. Al llegar el exilio provocado por la dictadura militar en 1976, el ex policía desapareció de los lugares públicos. Posteriormente, fue descubierto y denunciado por la CADHU (Comisión Argentina por los Derechos Humanos) en 1981, como jefe de la custodia del líder de la derecha y ex ministro de Franco, Manuel Fraga Iribarne.

Hubo que esperar muchos años, hasta la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación en el año 2003 para que, impulsada por las políticas de Estado en Derechos Humanos, la Justicia decidiera avanzar en una causa que se inició en el año 1974.

En junio de 2009, a los 73 años moría en la cárcel de Marcos Paz Rodolfo Eduardo Almirón, jefe operativo de la Triple A, detenido por las acusaciones de crímenes de lesa humanidad que pesaban en su contra.

Rodolfo Ortega Peña tenía 38 años, era buen jugador de tenis, mejor de ajedrez, hincha de River y amante del box. Negado para el canto y el baile era un apasionado por la música argentina. Le gustaba comer bien y con amigos. Siempre haciendo gala de su inteligencia y de su muy buen humor, por momentos ácido y punzante. Disfrutaba de la vida a borbotones como si supiera que iba a ser corta.

Este intelectual y militante al servicio del pueblo, continuador con Eduardo Luis Duhalde del pensamiento de John William Cooke, que como él, llamó desde el Peronismo Revolucionario a otros sectores populares a construir un país igualitario, sembró el germen que hoy, a cuarenta años de su brutal asesinato, mantiene vigente su legado. La transmisión de nuestra verdadera historia, los aportes ideológicos y sus fuertes convicciones sirven de base para continuar avanzando en la construcción de una Argentina socialmente justa y económicamente soberana.

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